1 de octubre de 2026

El capítulo más delirante de La evacuación

Aquel día Ramiro Mistu se había levantado a las cinco de la mañana. Nada más poner los pies en el deslizante lo asaltó un mal presentimiento.

La faz, recorrida por el mullidor de la noche, reflejaba interrogantes. Algo no gibiaba bien. El folgador semejaba un verdel abandonado.

Ramiro Mistu bostezó: rebuscó algo en el baldón de su tabardo, suspenso del espaldar de la yaz, hasta dar con el baulete de petardillos. Diz que precisaba con urgencia un despertante bien denso para desnubarse la peñavera.

En la cima noctámbula yacía el guardapalabras que leyera durante la negra, su tabla de desahogo. Palabreó para sí el pórtico: “Historia del Reinado de Witiza”, prometiéndose densos paladeos, y se dirigió al jubileo.

Precisaba un sumergiente discreto para no desensoñar a Mercedes, su costilla, que roncaba en el plazentero, con el ruido de los grifos. Iluminó un petardillo. Los posaviandas y los trinchadores plateados rulaban desmañados en el cubretablas.

Siempre, antes de empequeñecerse, le posaba en la pelusilla un carantoño. La mirajeaba con castidad a su solaz, paladeando las revueltas magníficas, el sedeño desparramado sobre la algodonosa, los luzeros cerrados que desmadejaban el prisma durmiente.

—¡Qué golosa!, se astragaba.

La indiscreta de la dueña arrojaba su amarillor sobre el deslizante gelado.

Ingresó luego en el alguacil para hacer sus prebendas. Una zumbante entontecida ascuaba el aire.

(Comienzo del capítulo más delirante de la novela La evacuación. Al final del libro el lector encontrará el diccionario).

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